A finales de los noventa, Ang Lee se aventuró en un territorio poco explorado del cine norteamericano: la Guerra de Secesión vista desde la perspectiva confederada, pero sin caer en glorificaciones fáciles. El resultado fue Ride with the Devil (1999), una película íntima y melancólica que, pese a no haber alcanzado el éxito comercial que merecía, esconde uno de los trabajos musicales más delicados y matizados de Mychael Danna.
Sí, hablamos del mismo Danna que años después ganaría el Oscar por Life of Pi, pero aquí, en este western crepuscular, su partitura respira otra clase de espiritualidad.
Lo primero que salta al oído es la sobriedad. No esperes fanfarrias ni melodías pegadizas. Lo que Danna propone es una inmersión sensible en un mundo en crisis, una América rural desgarrada por la guerra y la identidad. El compositor se apoya en instrumentos de época —violines folk, banjo, dulcémele— pero no los usa como simple decorado sonoro. Los teje con cuidado, como si narrara los silencios entre disparos, las miradas furtivas en la espesura del bosque, los vínculos que sobreviven pese a la barbarie.
Lo notable de esta banda sonora es cómo evita la trampa del sentimentalismo. Hay emoción, por supuesto, pero contenida, casi tímida. Danna entiende que la historia de Ride with the Devil es una de ambigüedades morales, y su música sigue ese tono gris, con armonías que sugieren más de lo que afirman. A ratos, recuerda a los himnos religiosos rurales, pero pasados por un filtro melancólico que les quita toda pretensión de redención.
Una pieza como “Bushwhackin’” parece salida de una noche tensa al borde del fuego, mientras que otras, como “The Widow of the South”, acarician el alma con su tristeza austera. No es música que busque robarte una lágrima. Es más bien una compañía discreta, como una sombra que sigue a los personajes, cargando con su misma incertidumbre.
En el fondo, lo que Danna logra aquí es una suerte de western de cámara. Nada de grandilocuencia, todo lo contrario: introspección, textura, una elegancia casi invisible. Es una banda sonora que no pide protagonismo, pero que se queda contigo mucho después de que hayan terminado los créditos.
Quizás Ride with the Devil no sea la película más recordada de Ang Lee, pero su música merece un lugar especial en la historia del cine por cómo abraza el silencio, por cómo dice tanto sin alzar nunca la voz.

